Decía
Gramsci: “Odio a los indiferentes. Creo que vivir quiere decir tomar partido. Quien
verdaderamente vive, no puede dejar de ser ciudadano y partidario. La
indiferencia y la abulia son parasitismo, son cobardía, no vida. Por eso odio a
los indiferentes. Vivo, soy partidista. Por eso odio a quien no toma partido,
odio a los indiferentes.” Y creo que no hay mejor forma de empezar esta
reflexión que hago sobre por qué la vida de unas personas vale más dependiendo
de donde vivan.
Siempre que
empiezo a hablar sobre los muertos de primera y muertos de segunda, hay un
listo que me responde que se trata del kilómetro sentimental, ese que dice que
el interés por un hecho cualquiera es inversamente proporcional a la distancia
que nos separa de la víctima. A mayor distancia, menor interés. Yo inmediatamente le respondo que una
tragedia en Australia tendría mayor repercusión que exactamente la misma
tragedia en Chad, por lo que la distancia no es un factor importante, sino la
cultura occidental. Nos han educado, en gran medida influenciados por los
medios de comunicación, el cine, la música… que las personas occidentales valen
más que los demás. Quizá no de forma explícita, pero ¿quién ha visto una
película iraní? O ¿quién ha escuchado música sudafricana? Nadie. En cambio, todos
sabemos el último éxito de Adele o la última película de Steven Spielberg, por
muy lejos que estén.
Pero yo
siempre me he considerado una persona muy optimista, y creo que si nos han
educado para que pensemos así, todavía estamos a tiempo de darle la vuelta a la
tortilla, de enseñar a las generaciones venideras que nadie es más que nadie, y que la vida más
pequeña vale mucho más que cualquier país del mundo, por muy fuerte que éste
sea.
Hago esta
reflexión a raíz de los atentados de Bruselas, en los que
32 personas fueron brutalmente asesinadas a causa de un atentado por parte de
ISIS. Absolutamente todas las cadenas cortaron sus emisiones y conectaron con
sus corresponsales en Bruselas. Durante los siguientes días las portadas de los
periódicos y las aperturas de los telediarios abrieron con la misma noticia: “Qué
malos son estos de ISIS” Y por supuesto que son malos, por supuesto que están
haciendo mucho daño, pero Europa tiene gran parte de la culpa de todo lo que
está pasando, y siguen empecinados en hacernos ver que de nuevo esto vuelve a
ser una guerra de buenos contra malos, pero la geopolítica no funciona así.
Pero no
pasa lo mismo cuando el atentado es en Siria, y cierto sector de la población
(el mismo de siempre) nos quiere hacer ver que eso es el pan de ellos de cada
día. Quieren normalizar cosas que no son normales. No señores, no es normal que
en Siria hayan muerto más de 400.000 personas y que no hagamos nada, no es
normal que miles de niños sigan muriendo a causa del hambre, no es normal que
el 1% de las personas del mundo posea más que el 50% de la humanidad. No, no es
normal, y no podemos dejar que nos engañen.
Tampoco es
normal que el conflicto sursudanés no exista a ojos de occidente. Que el salario de los milicianos sursudaneses sea violar mujeres, o que se haga del hambre un arma de guerra. Tampoco es normal que haya dos millones de desplazados en esa guerra civil y nadie haya hablado de ello, de que familias tienen que comer hierba para sobrevivir. Ni es normal, ni podemos permitir que lo normalicen.
Porque claro,
de Siria hablamos algo porque a Rusia y a Estados Unidos les interesa, y porque
Europa está recibiendo millones de refugiados, ¿pero si no fuera así cómo se
llamaría el conflicto? Pues seguramente se llamaría Sudán del Sur…
Me gustaría
terminar con dos frases del Che Guevara que decía:
“Sean
siempre capaces de sentir en lo más hondo cualquier injusticia cometida contra
cualquiera en cualquier parte del mundo. Es la cualidad más linda de un revolucionario.”
“No creo
que seamos parientes muy cercanos, pero si usted es capaz de temblar de
indignación cada vez que se comete una injusticia en el mundo, somos
compañeros, que es más importante.”
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